Por Juan Castillo
Hay heridas que no se ven, pero que acompañan la historia de muchas personas. Pérdidas, cambios, duelos y experiencias difíciles fueron parte de las reflexiones compartidas por mujeres y hombres de Reynosa durante el taller “Oro en mis cicatrices”.
Inspirada en la filosofía japonesa del Kintsugi, la actividad invitó a los participantes a romper y reconstruir un corazón como una forma simbólica de reconocer que las fracturas también forman parte de la vida. Lejos de ocultarlas, el ejercicio buscó darles un nuevo significado.
Cada grieta fue resaltada con tonos dorados, recordando que las experiencias dolorosas pueden convertirse en aprendizaje, fortaleza y crecimiento personal. El proceso permitió reflexionar sobre la importancia de aceptar la propia historia, incluso en aquellos capítulos que han dejado marcas.
Más que una actividad artística, el taller se convirtió en un espacio de encuentro, sensibilidad y reconstrucción emocional. Cada corazón reparado dejó una misma enseñanza: lo roto también puede ser valioso, y después de las etapas más difíciles siempre existe la posibilidad de encontrar un nuevo sentido para seguir adelante.